Este texto trata de la obsesión por las fronteras, de los temidos efectos contaminantes que provendrían de la mezcla entre realidades que supuestamente son “naturalmente” separadas y antagónicas. No son pocas las veces que hemos escuchado eso de juntos, pero no revueltos. Ese presupuesto encuentra varios ropajes en las teorías de sentido común (sí, porque no solo en la academia se produce conocimiento, en la vida “real” también) tales como: “cada oveja con su pareja”; “los gays que hagan lo que les dé la gana, pero lejos de mí”, “negros ni los zapatos” (o sea, podemos hasta tener amistades negras, pero pasado un límite habría una frontera, como es el caso de establecer una relación de pareja con una persona negra). Esta misma lógica, aunque menos evidente tal vez, está en la base del argumento: “ay, pero la sociedad aún no está preparada para aceptar a las personas trans”; o sea, personas trans no podrían existir en la misma temporalidad que otros humanos, lo que equivaldría a decir que la sociedad solo está preparada para aceptar a los machistas, racistas, sexistas, fundamentalistas, etc. Ello también implica negar que personas género discordantes han existido siempre, solo que las matrices de visibilidad han negado sus existencias. O sea, la convivencia y la coexistencia son altamente selectivas. Se puede vivir junto con algunos (inclusive con aquellos que discriminan), pero al mismo tiempo se impone estar lejos de otros, los supuestamente “extraños o anacrónicos”. Nótese como las dimensiones cronológicas también están marcadas por lógicas coloniales: clasistas, racistas, heteronormativas, etc. ¿Quién puede existir en mi propio tiempo y espacio y quién no? ¿Cuáles son los criterios que definen cómo se puede vivir? Pocas cosas escapan a estas lógicas hegemónicas, de ahí la solidez con que se presenta este “bello” edificio del orden de género, sexualidad, todo muy bien armadito.

A lo que asistimos es a una preocupación obsesiva y excesiva con la diferencia que, entre otras cosas, revela la ansiedad de algunos por mantenerse en un lugar seguro y estable – la norma – a costa de la monstrualización, degradación, demonización de otros, con el beneficio de ser ellos los únicos lindos de la foto de familia. Vamos a trazar aquí algunas líneas de análisis que permitan desmenuzar esta falacia del “juntos, pero no revueltos” y su utilidad en la vida real. ¿Para qué sirve esta obsesiva preocupación con el establecimiento de límites que separen y demarquen los espacios donde UNOS y otrxs pueden (co)existir? ¿A quién le conviene este apartheid simbólico? Una breve reconstitución histórica acerca de cómo esos límites son establecidos, permite desmontar tales afirmaciones.

Esta cuestión tiene sus raíces en la dominación occidental y sus efectos en las diferentes sociedades, pero no vamos a profundizar en esta genealogía. Opto por pensar estos asuntos apelando a referencias más cercanas que tal vez ayuden a desmontar mejor estas “teorías de (sin)sentido común”. Uno de los primeros episodios a considerar es la “buena noticia” del médico una vez que se “sabe el sexo” del bebé por medio del ultrasonido (nótese que esta es la primera tecnología que nos otorga el estatus de seres humanos)

Esta afirmación: ¡es un/a niño/a! es el primer paso para inscribirnos en el registro de lo humano. Antes del “descubrimiento del sexo” por parte del médico somos apenas un feto, un proyecto de ser humano. La entrada al reino de lo humano se posibilita por medio de una interpretación de los genitales: si tiene pene es a la vez niño y persona y si nace con vagina es niña, por tanto, humana. Aquí se produce la primera costura entre genitales y humanidad. Piensen que, por ejemplo, tal vez bastaría decir: nació una persona, está sana, mide tanto, pesa tanto, etc. Pero la medicina, en tanto saber científico hegemónico, de entrada desecha lo que esa persona que acaba de nacer querrá, deseará y establece por medio de sus propias reglas (que son culturales y no médicas) un amarre entre genitales e identificación de género. O sea, el “sexo” no es un descubrimiento del médico, es una imposición basada en la cultura. Justo en ese acto comienza a materializarse el proceso de construcción social de lo que luego se entenderá como identidad de género. Luego se sucederán una avalancha de tecnologías para producir esos cuerpos en dos moldes: femenino y masculino.

Coloco este “saber el sexo” entre comillas, porque el significado que es dado a los genitales es ya, en sí mismo una intervención lingüística arbitraria, y que se ubica en el orden de género. No es que haya un género ya dado en los genitales. El proceso es al revés, la construcción de un orden de género establece una lectura de los genitales a través del lente de género. El cuerpo se convierte así en una especie de texto que requiere estar lo suficientemente legible para que la sociedad nos ubique en determinados lugares. En ese tornarse legible, el cuerpo es capturado por una lista inacabable de categorías binarias, que solo admiten la existencia de dos, opuestos y supuestamente complementarios. Si al nacer tiene una vagina es mujer, por tanto, se llamará fulanita (y el deseo de cambiar ese nombre será inscrito en el orden de lo patológico), querrá ser penetrada (con lo cual ya hay una suposición de que es o nace heterosexual), querrá ser madre, y por ahí un sinfín de cosas más que se presumen por el simple hecho de nacer con vagina o pene. Dentro de esa lógica de tornarse humano, se van cosiendo cosas de diferente orden (genitales, un nombre, un carné de identidad en que sexo, nombre supuestamente se alineen a ello, deseos sexuales, espacios en los que se transitará) forzándolas a estar unidas, creando una ilusión de coherencia y orden que resultará en las identificaciones de género autorizadas. Ellas sólo pueden ser dos y además deben estar alineadas con los genitales. Qué cosa tan bizarra en pleno siglo XXI!!! Por aquí comienza la historia de “juntos…”. Se empiezan a juntar partes específicas del cuerpo con proyectos, destinos, obligaciones, ropas, «tipos de personas». Asociadas a tales uniones se establecen también fronteras, separaciones, apartheid simbólicos. Lo que sucede es que ese proyecto de coherencia y linealidad falla. Y en su falla se advierte su carácter artificial y construido. Cuando nos percatamos del sinfín de tecnologías que se despliegan para producir un cuerpo como femenino o masculino, y el sistemático proceso de reiteraciones de rituales (maquillarse, depilarse, el gimnasio, la dieta entre otras son todas tecnologías de producción de los cuerpos como femeninos o masculinos) que posibilitan esa construcción, lo menos que podemos hacer es sospechar que el género es del orden de la naturaleza, de las hormonas, de la biología o cualquier otra cosa que se le parezca.

Prosigamos entonces con esta excavación. Luego, las personas resisten a tal orden hegemónico. Y con ello no me estoy refiriendo apenas a personas trans, no binarias, lesbianas, gays, bisexuales; estoy hablando inclusive de los que creen vivir a tiempo completo en el régimen “natural” y permanente de “ser mujer” y “ser hombre” puros. No hay que ser ni feminista ni estudiosa del género para percibir que hombres usan aretes, pelo largo, cuidan de bebés, mujeres pueden ser competitivas, pilotar un avión, etc. O sea, estamos más próximos de un cruzamiento o de un continuum entre esas dos realidades, aparentemente asumidas como opuestas, que de una real distancia o separación entre ellas.

De subhumanos, monstruos y otras criaturas…

La sociedad, para mantenerse en pie tal y como ha sido hasta ahora precisa de estos sistemas de clasificación y administración de nuestras vidas. Las personas que se resisten a estos sistemas de categorización son demonizadas o convertidas en monstruos; nótese el lenguaje zoológico que es empleado para catalogar todas aquellas expresiones humanas que huyen de estas prisiones de género (bichos es de las denominaciones más usadas). La teoría queer ha sido más que proficua para explicarnos tales procesos, bien vale invertir horas de lecturas en las obras de Paul B. Preciado, Judith Butler y otrxs para profundizar en este tema.

Al final ¿quién es el monstruo? El monstruo es aquel que no se presta a categorizaciones cerradas. Al mismo tiempo, esta figura expone ante nuestros ojos la realización de esas suturas que intentan mantener juntas, en un único cuerpo, un sinfín de cosas. El monstruo es aquel que rechaza hacer parte de esa obsesión por las clasificaciones. El monstruo habita el terreno de lo híbrido, traspasa y burla las fronteras para demostrarnos la artificialidad de estas. Por tanto, el monstruo perturba, causa espanto a los vigilantes de la heteronorma; de ahí todo el esfuerzo para encontrar formas de detenerlo. Una de ellas es patologizar sus identidades, tildarlo de enfermo, evitar su presencia y la convivencia con él. Porque él amenaza este mundo cuadradito que el ginecólogo comenzó a diseñar en el momento en que invocó: es un/a niño/a! Por eso, continuamente la sociedad reinventa formas de decir: «juntos, pero no revueltos»

Esta inscripción en el terreno de lo monstruoso de los géneros discordantes tiene dos propósitos. Uno de ellos es justificar su exterminio simbólico, su expulsión, su abandono. Cuando un padre expulsa a su hijo trans de casa, tal expulsión se sustenta en el siguiente raciocinio: “es una aberración, es menos que humano, no es normal”. Si el padre o madre se piensan y se ven a sí mismo en una relación de igualdad con ese otro también humano, tal práctica no tendría en qué apoyarse. Por tanto, es preciso deshumanizar esas vidas, esas identificaciones de género para conseguir, al menos conscientemente justificar tales violencias. De lo contrario no podrían conciliar el sueño, porque sus violencias serían demasiado grotescas como para ellos mismos poder aceptarlas. Por otro lado, la categorización de estos cuerpos e identidades como monstruosas, patológicas, enfermas tiene un efecto de pedagogía. Por medio de esto se procura advertir, enseñar a nuevos transgresores potenciales lo que les espera en caso de atreverse a violar estas fronteras. Es como si se dijera: «mira lo que te va a pasar si te atreves»; «mantente aquí en el cajón cuadradito que te destinó el médico cuando dijo: es un/a niño/a»


Queridos heterosexuales, fundamentalistas y/o ideólogos del género y otros separatistas: el orden de lo natural, la creencia en una esencia que los define como el grupo normalno es un privilegio de uds, somos todxs artificios, somos todxs artificiales. Inclusive, la producción de una idea de diferencia obedece a un proyecto de dominación y control. Solo seremos lo extraño, lo otro, lo específico, bichos raros siempre que seamos miradxs desde el altar supremo de la hegemonía blanca, hetero, cisgénero por solo citar algunas categorías que estructuran ese orden hegemónico. De esa misma manera, África fue convertida en “lo otro” frente a Europa. Por esa lógica es común pensar que África es apenas un mundo habitados por salvajes y criaturas subhumanas. Cuando se elogia un celular moderno comercializado en Europa, la gente se olvida que la materia prima es extraída del Congo, por ejemplo. El “desarrollo” de unos es a costa de la expropiación y explotación de otros. Luego, las leyes migratorias europeas impiden a esos mismos africanos, vivir en la “bella” Europa. Colonización revestida de “leyes migratorias”, es decir, xenofobia es el nombre de eso. Pueden parecer cosas muy distantes este ejemplo y los anteriores, pero todos comparten la misma lógica: la posibilidad de existir de unos se da bajo la condición de la precarización y deshumanización de las vidas de otros. Xenofobia, homofobia, sexismo, racismo tienen todos el mismo denominador común.

Traigo aquí las reflexiones de una colega brasileña – Mariana Queiroz – que hace un tiempo comentaba en un post en Facebook unas ideas que me atrevo a traducir: “La heterosexualidad no garantiza nada de lo que se supone que ella garantice. Ella no lleva verdad, salvación, valor, esperanza. No lleva la verdad de Dios ni de la naturaleza. La heterosexualidad no produce seres humanos mejores. Todo lo que parece ser, garantizar, decir y proponer es una gran farsa. Y cuando quieren transformar las existencias diferentes de la heteronorma en enfermedades, es única y absolutamente para garantizar la farsa de ustedes”

Toda esa ansiedad por mantener obsesivamente los límites que demarcan esas fronteras es porque Uds. quieren atenuar el ruido que implica esa certeza. Lidien con ese “ruido en el sistema” porque el problema es de ustedes.

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7 Comentarios

  1. Es verdad que entre los mismos gays existen marcadas fronteras y no nos mezclamos los llamados de clase que aquellos que se dicen son bajiticos marcando una diferencia que provoca mas marginación que nos hace separarnos entre nosotros y nos aleja de la unidad necesaria para lograr el puesto merecido en nuestra sociedad, por lo que debemos unirnos y dejar de ver fronteras entre nuestros mismos semejantes asi si lograremos ser reconocidos

  2. Que bueno que es útil el texto para pensar en las fronteras que a veces existen hasta en los grupos que se oponen a las normas hegemónicas

  3. Leer cada artículo suyo es todo un proceso de aprendizaje: proponen, enriquecen, ponen a funcionar las neuronas, nos hace cuestionarnos unas cuantas posturas, ya sean heteronormativas por decisión o por aprendizaje, y aprendiendo y aprehendiendo seguimos por ese largo y empedrado camino de la vida, esperemos y confiemos en mejores momentos, la lucha es larga pero un mundo mejor es posible…y ser humano desde la introspección también…
    Ahora, de manera jocosa…mi costura mas bien era hilván y se rompió pues rapidito rapidito…siguiendo la línea de pensamiento tengo carné de identidad, sexo, color junto con orientación sexual, identidad de género y cerebro y todos juntos pero no revueltos, así que puedo ser considerada freaky (lesbiana, con relación interracial e interprovincial y pensamiento medio machista, para no pecar de hipócrita)…estoy en contra de las posibles etiquetas sin embargo vivo y convivo dentro de la bicharaquería de la heteronorma y en una primera visión reacciono reaciamente ante determinadas posturas como me inculcaron por mantra en la niñez (a veces es más fácil creer en la existencia de los ovnis que aceptarse a sí mismo)… y si me dieran a escoger preferiría que todos nazcamos hermafroditas (por cierto, otros monstruitos) y cuando decidamos, escoger cual órgano usar en la sinfonía y si los dos mejor, para más disfrute en el concierto de la vida y el amor…
    Por otro lado, se debe tener mucho cuidado con la delgada línea de la crítica a la heteronormatividad porque podemos predicar una posible homonormatividad que tampoco sería positiva…mejor aprender a vivir satisfech@s consigo mism@ donde estemos y entre quienes estemos bajo las bases del respeto mutuo y coexistiendo pacíficamente en la multiculturalidad, multipluralidad y diversidad…y sí, mejor juntos y revueltos…

  4. Milo qué bueno que tiene sentido para ti el texto, muchas gracias. Uno también aprende de estas retroalimentaciones de las personas que nos leen. jajajaja, mejor si se rompió rapidito tu costura, hay que romper todas esas prisiones que nos impiden existir en la multiplicidad y riqueza de lo que queremos/podemos ser. Y tienes razón, hay una línea muy fina entre heteronorma y homonormatividad, es el mismo peero con diferente collar. y es cierto, una misma tiene que reconocer los prejuicios que nos habitan, al final nadie está totalmente libre de ellos, pero sí podemos trabajar para eliminarlos. Si se viene a ver tdxs nacemos hermafroditas simbólicamente hablando. Como dice Paul B. Preciado, somos cortadxs al nacer, divididxs en dos, dos opuestxs, y por tanto mutiladxs en nuestras infinitas posibilidades de ser, sentir, vivir. Seguimos juntxs derribando prejuicios. gracias por comentar

  5. Hola Yarlenis, este escrito tiene mucho sentido para mi y para tantos otros sólo que no son concientes de ello aún, o simplemente no comentan, lo imprimí y le he dado varias lecturas, incluso lo he compartido con algunas amistades (te estoy siguiendo jajaja) y hay una frase pequeña que marca todo el texto…es eso de ¨Apartheid simbólico¨ (patentízala que está genial) y salen a flote algunas preguntas: cuánto vivimos dentro de él siendo al mismo tiempo víctima que victimarios? estamos lejos de formar parte de sus filas aún siendo minorías? todos los que militan dentro de los simbolismos internamente estarán tan convencidos de sus teorías? cuantas barreras mentales debemos descoser para lograr el justo equilibrio en el mejunje?…por eso digo que siempre llevas a la reflexión y hasta se me caen los pelos jajaja…
    Por otro lado y a modo de petición, me encantan estos temas pero la falta de recursos, medios y de tiempo no me facilitan encontrar literatura que de por sí es muy escasa, ya en tus escritos haces referencia a algunos nombres, sería posible colgar más de esto, bibliografía, literatura? (siempre hago espacio para aprender desde la lectura)…
    Saludos y en espera del próximo tema…

  6. Hola Milo. Que maravilla saber que ese texto sirve para abrir otros diálogos. jajajajaja, qué gracia eso de la patente, vamos a pensar en eso, jejejeje, pero debo haberlo leído en algún lugar, o si no, alguna lectura de las que hice, me ayudó a pensar eso, una no piensa sola, es en el diálogo con autoras/es. Oye, me parece bien eso de subir algunos textos, eso ya está en manos de quien administra la página, pero es una buena idea…Muchas gracias por comentar, seguimos pensando y deconstruyendo juntxs

  7. Hola Yarlenis…perdone que mantenga una comunicación por aquí pero no veo otra opción…ya emití mi sugerencia sobre eso de los textos y/o libros pdf, por lo pronto y como sé que es una feminista acérrima y si me lo permite, recomiendo un libro que está ya en las librerías: Hilando y deshilando la resistencia (pactos no catastróficos entre identidad femenina y poesía), de Yanetsy Pino. Sin más la dejo con el link para informarse: http://cubasi.cu/cubasi-noticias-cuba-mundo-ultima-hora/item/96353-en-librerias-pactos-entre-identidad-femenina-y-poesia y esperando un nuevo artículo

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