Esta reflexión es deudora de múltiples saberes posibilitados por mujeres feministas, algunas declaradamente feministas (militantes, académicas o ambas) y otras que, sin autodesignarse como tal, sostienen una práctica basada en una ética feminista. Soy de las que creen que los saberes feministas poseen una extraordinaria potencialidad transformadora y que ellos deben ser difundidos de formas accesibles. Conocimiento es poder; poder no solo entendido bajo una perspectiva hegemónica, sino poder de transformar nuestras vidas y de subvertir los discursos únicos que constriñen nuestras posibilidades de ser y estar en el mundo de múltiples maneras.

Chimamanda Adichie es una feminista y escritora nigeriana mundialmente conocida que se ha referido al peligro de las historias únicas, y de cómo estas en última instancia revelan siempre, relaciones de poder. La forma como narramos y representamos el mundo, amplía o limita las posibilidades de habitarlo, de existir en dicho mundo. Las historias son entonces un tipo de saber de sentido común que, puesto en circulación, tiene poderosos efectos en las vidas de las personas. Tomo de pretexto la historia de Cenicienta, y una de las aristas posibles de análisis para traer a colación una de las muchas estrategias por medio de las cuales la heterosexualidad es impuesta como norma o como un hecho “natural”. Obviamente, la imposición de la heterosexualidad no es ingenua; tal obligatoriedad va de la mano con un proyecto correlato: invisibilizar, deslegitimar otras experiencias o posibilidades de vivir la sexualidad, la afectividad, o en última instancia, colocarlas en el lugar de “excepciones” o “desvíos”.

El propio hecho de que las relaciones erótico-afectivas entre mujeres no aparezcan en los registros literarios con los que somos educadas, nos habla de cómo estas experiencias son condenadas a la abyección. El argumento suele ser: “niñas y niños no deben ser enseñados sobre asuntos de diversidad sexual” (usualmente estas frases no son tan amables, solo evito aquí reproducir los discursos más grotescos que acreditan en una “ideología de género” que supuestamente pervertiría a la infancia). Pero lo cierto es que niñas y niños son de hecho expuestos a experiencias tocantes al género y la sexualidad, solo que circunscritas apenas a la heterosexualidad.

La historia de Cenicienta es, aunque no se quiera admitir, un relato tocante al género, la sexualidad y hasta otros marcadores sociales (si no, pensemos en la condición social del príncipe-clase alta) solo que es una narrativa que está apenas restringida a la experiencia heterosexual. La retórica de la heterosexualidad obligatoria que procederé a explicar más en detalles no es para nada azarosa.

Cenicienta, filme de animación producido por Walt Disney en la década de los ´50 coloca en el centro de la trama la disputa de tres mujeres (hermanastras de Cenicienta) por un hombre (el codiciado príncipe). Más allá de las cuestiones de dependencia material y económica que la historia acentúa (al parecer sería esta la mejor opción de vida para estas mujeres) caben aquí otras reflexiones. Y es precisamente en este punto de la competitividad entre mujeres “representada como algo natural e inevitable”, donde me parece conveniente llamar para el diálogo a otra feminista mundialmente conocida como Adrienne Rich (1982), la cual se refirió en varios de sus escritos, al modo en que la heterosexualidad es políticamente colocada como obligatoria o compulsiva. Por ese argumento, mujeres tendrían siempre deseo e interés volcado hacia los hombres. No existe así la menor posibilidad de que Cenicienta o alguna de sus hermanastras no se sintiera atraída por el príncipe, digo yo, como una posibilidad más de este cuento.

La historia de Cenicienta asegura la enemistad irreconciliable entre estas y sus hermanastras, lo cual viene a garantizar la imposibilidad de identificación entre ellas y el deseo irrefrenable de alcanzar lo que se considera un premio: el príncipe (un hombre, blanco, heterosexual, clase alta). Sabemos que estas lógicas también funcionan en la vida real. Este es un mecanismo particularmente eficaz para, como muestra Adrienne Rich (1982), legitimar un supuesto deseo universal de todas las mujeres por hombres, una actitud de sumisión tipificada como “estar dispuestas a todo por tener la atención de un hombre”. Resulta simbólica la parte de la historia en que las hermanastras de Cenicienta se deshacen en esfuerzos para que sus pies entren en el zapato, única prueba que confirmaría la elección del príncipe. Creo que esta imagen nos ayuda a pensar las inúmeras veces en que nos forzamos a encajar en modelos y prácticas que nos aprisionan, nos oprimen, pero que tienen por fin agradar a los otros.   

Otra forma de garantizar la enemistad entre Cenicienta y sus hermanastras es el apelo a la belleza, o a un cierto patrón de belleza encarnado por cenicienta: delgada, rubia, entre otras. Nótese entonces como la belleza es instalada en nuestras mentes, como una vía de ascensión social: – si eres “linda” ya tienes la mitad del camino andado-. Al mismo tiempo la “belleza” se convierte en otra fuente de competición entre mujeres, de ahí que toda la animosidad de las hermanastras de Cenicienta hacia ella, parte de esta condición que Cenicienta ostenta y de la que ellas estarían desposeídas. Obvio que, si el patrón de belleza es uno, todo lo que no se ajuste a ese patrón será descalificado. Y este mismo criterio es invocado muchas veces para descalificar a mujeres lesbianas. Se las suele llamar de feas (un modo de disminuirlas en cuanto mujeres), amargadas o falta de hombres.

Paradójicamente, frente a esta competición entre mujeres que hace parte de las pedagogías de género con que somos educadas, podemos percibir que las redes de apoyo entre mujeres, más allá de cualquier deseo erótico-afectivo, han sido fundamentales para su propia subsistencia y desarrollo, como bien destaca Adrienne Rich (1982). Madres, hermanas, hermanastras, primas, tías, amigas hacen parte en la vida de las mujeres, de aquello que el feminismo académico y militante ha descrito como “sororidad” o “nadie suelta la mano la nadie”. Concluyo con una frase de la propia Adrienne Rich (1982); “la destrucción de registros, memoria y cartas documentando las realidades de la existencia lésbica debe ser tomada seriamente como un medio de mantener la heterosexualidad obligatoria para las mujeres […] las lesbianas han sido destituidas de su existencia política (RICH, 1982, p. 36, traducción libre).

Referencias:

RICH, A. Heterossexualidade compulsória e existência lésbica. Bagoas – Estudos gays: gêneros e sexualidades, v. 4, n. 05, 27 nov. 2012.

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4 Comentarios

  1. Genial, me encanta que aluda a la literatura y el cine como constructores de subjetividad y que nis haga pensar esos detalles para mi no advertidos en la historia de Cenicienta.

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