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mié. Jul 24th, 2019

EntreDiversidades

Hablemos sobre sexualidades

Según te ven, así te tratan…

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La narrativa cotidiana que reza “según te ven así te tratan” no es más que la imposición de un orden de género, raza y otras normativas sociales. Todas/os deberíamos ser bien tratados con independencia del juicio sobre nuestra apariencia.

Acostumbro a decir que la primera feminista que conocí en mi vida es mi madre. Con ella aprendimos, mis primas y yo, el complicado proceso de tornarse persona. En el contexto de nuestra temprana infancia nos parecía incomprensible la insistencia con que mi madre repetía aquel mantra de: “estudien para que sean alguien el día de mañana” y “siempre tienen que estar presentables porque según te ven así te tratan”. En nuestras inexpertas cabecitas aquel mantra causaba un choque. ¿Y nosotras no somos personas? ¿Cómo es eso de que seremos “alguien” el día de mañana? Pareciera que eso que los versados filósofos designan como condición ontológica del ser, no era algo dado, sino algo a conquistar, a lograr, y en nuestro caso, mujeres y negras, parecía que el tonarse personas (una condición que en la perspectiva de mi madre no estaba dada) pasaba por estudiar. Recuerdo que una tía cercana acostumbraba a acotar aquel mantra apuntando: “estudien porque ser blanco ya es una carrera”.

Con el decursar de los años y fruto de los estudios que nos otorgarían la condición de “personas”, empezamos a percibir que aquello que las feministas de nuestra familia apuntaban, tenían nombres más sofisticados en las teorías feministas. En la perspectiva de Judith Butler aquel mantra familiar se llama matriz de inteligibilidad, una especie de lente social y cultural por medio del cual somos reconocidas o no. En verdad, la matriz escoge reconocer a algunas/os y deslegitimar a otras/os. Esa matriz de inteligibilidad está marcada por el género, la raza, la orientación sexual, un patrón de lo bello, lo bueno, lo normal. Con base en esa matriz se construye el referente de ser humano, diría Butler en varias de sus ya conocidas obras como “El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad”.

Yo soy reconocida como mujer si la forma en que me presento en sociedad, los códigos estéticos que uso se ajustan a ciertas normas de lo que la sociedad entiende como “ser femenina”. Una vez que alguien ose no identificarse con ciertos códigos impuestos socialmente, comenzarán las dudas acerca de su género, su sexualidad y un sinfín de cosas que se asocian a ello. No es casualidad que a no pocos les resulte extraño que yo haya optado, por ejemplo, por no ser madre. En la medida en que dicha matriz incluye y acoge a algunos humanos, destituye a otros de tal condición, porque ella se construye apelando a normas: normas de género, entre otras.

Tempranamente empezamos a percibir cómo en los libros de Biología, por ejemplo, por medio de los que se enseña el “cuerpo humano”, una legión de humanos no estaba representada: gordas/os, negras/os, personas discapacitadas (o con capacidades diferentes), homosexuales, travestis, transgéneros, personas no binarias, etc. Aún más complicado resultaría estar atravesado por esos múltiples lugares de invisibilidad: mujer, negra, gorda, lesbiana, con discapacidad, por poner un ejemplo. Convengamos que esas múltiples identidades no son invisibles, ellas son invisibilizadas, que no es lo mismo. Son el efecto de un ejercicio de poder. Las feministas negras como Angela Davis han sido extremadamente lúcidas para mostrarnos los complejos efectos que derivan de la intersección entre diferentes ejes de poder que componen esa matriz.

La inexistencia de esta diversidad de seres humanos en las tecnologías (libros, filmes, relatos, discursos científicos, etc.) que instruyen acerca de quién es el humano “de verdad”, es en realidad una práctica de violencia simbólica. La no aparición sitúa esos cuerpos en el terreno de “fuera de la norma” (lo normal, lo bello y lo bueno -tres categorías emblemáticas del canon filosófico), siendo que la propia norma es hegemónicamente producida.  

Estas complejas, aunque imprescindibles reflexiones de filósofas y feministas como Judith Butler y Ángela Davis nos permiten cuestionar el sexismo, racismo, heteronormatividad que están implícitos en esa norma cotidiana que reza “según te ven así te tratan”. El problema no está en la apariencia que tengamos, en si nuestro fenotipo es consistente con la “raza” negra, en las ropas que decidamos usar, en la orientación de nuestros deseos y sexualidad (sea ella hetero, bi, homosexual). El problema está en quien mira desde una matriz regida por estos regímenes de poder, porque dicha mirada ya está capturada por el racismo, sexismo, etc.

De lo que se trata es de descolonizar la perspectiva de quien mira. No hay nada errado en los cuerpos e identidades que hemos sido expulsados a los márgenes de la norma. Es más, también puede ser nuestra opción no querer estar dentro de los límites que tales normas imponen. ¿Será que yo, como mujer negra, quiero adherir a un patrón de belleza eurocéntrico, para ser reconocida como bella? No estoy interesada en tales elecciones, porque ellas implican reforzar una estructura racista que se constituye por la exclusión por algunas de nosotras. No fueron pocas las veces que creyeron estar elogiándome al decirme: “no pareces negra” o “eres una negra fina”, como si ser negra/o y educado fuesen de antemano dos cosas imposibles de existir juntas. Por tanto, es esa estructura racista organizada en base a atributos jerarquizadores, la que hay que dinamitar.

Otra versión del “según te ven así te tratan” es el requisito de “tener buena apariencia” que muchas veces es colocado para el ingreso a ciertos empleos, principalmente del sector privado o cuentapropista, aunque no solo.  ¿Qué es esa buena apariencia sino la reproducción de un orden social hegemónico que entiende por buena apariencia ser preferiblemente blanco, joven, heterosexual, cisgénero entre otras imposiciones sociales? Comencemos a traer a esa legión de humanos no reconocidos como tales, para los soportes de visibilidad (los medios de comunicación, los anuncios para trabajos, etc.) de nuestra sociedad. Comencemos a contar otras historias. Así como esas historias hegemónicas fueron producidas, es posible contar otras. Ya vamos con un cierto atraso en esa tarea. Pongámonos para la cosa.  

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